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Reflejos a medianoche.

Capítulo II.

«Ahuecando el ala.». Con su amabilidad de costumbre los chicos de la morgue le gritaron cuando entraron en tromba en el despacho. Tras salir del despacho, observó que todos habían desaparecido, menos dos policías que parloteaban junto a la entrada de la mansión. Seguro que Coraline se habría marchado junto a Murphy; aquel era buen momento para sonsacar algo de información a la doncella y a la viuda.

Buscó primero a la doncella, la señora Wells, y la encontró en la cocina de la mansión tomando un sorbo de té. Era una mujer con mirada agridulce y apariencia elegante pero desgastada por la edad y el trabajo.

—¿Cómo se encuentra, Mildred? —la saludó con una sonrisa.

—Mejor, gracias.

—Siento importunarla en estos momentos, pero necesito hacerle algunas preguntas. ¿Cuándo fue la última vez que vio al señor Torrance con vida?

—Por supuesto. Fue ayer por la noche; salía del despacho para darse su baño nocturno en la piscina. Me dio las buenas noches y tras decirme que no necesitaría más mis servicios me retiré a descansar.

—¿Notó algo inusual en su comportamiento?

—Siempre había algo inusual en el señor, ¿verdad? Pero aquella noche no vi nada fuera de lo común, aunque si tengo que ser sincera estaba algo más alborotado de lo normal.

—Mildred, ¿conoce a alguien que quisiera hacerle daño al señor Torrance?

—Daño no sé; pero parásitos en torno a él… Varios: desde su afligida esposa, hasta el pintamonas que siempre revoloteaba a su alrededor. —El tono irónico de la doncella le pilló por sorpresa.

—¿Su esposa?

—Sí, la deslumbrante y ambiciosa señora Torrance. Siempre he pensado que se casó con la fortuna del señor, no con él. —La doncella hizo una pausa como si intentara medir sus palabras. —Yo no lo sé. Sólo digo que algunos la consideran una cazafortunas. Ya sabe cómo son los chismorreos.

—Sí, no se preocupe Mildred, como ha dicho usted, sólo son chismes. Hablemos de ese joven, ¿podría decirme algo?

—Se llama Malcom Smith. Aspirante a pintor. Siempre buscando el dinero del señor, nada más. Un joven de tan dudosa procedencia, mesero en el Julius`, no puede permitirse los lujos que se da.

Repasando todo lo que la doncella acababa de contarle, se despidió de ella y se encaminó en busca de la señora Torrance.

Cuando llegó a la puerta del salón encendió un cigarrillo. A través del humo, la etérea figura que estaba sentada en el sillón de terciopelo carmesí emanaba una belleza enigmática, de expresión apesadumbrada y asolado rostro. Su mirada, fija en algún punto del espacio, parecía trascender el presente, como si las mismas paredes pudieran susurrar las respuestas a sus preguntas silenciosas.

Se acercó y acomodándose frente a ella comenzó a interrogarla, intentando que su voz sonara suave pero firme. Le lanzó la primera pregunta, y aquella belleza le miró. «Anoche…, discutimos como siempre… Él estaba enfrascado en sus papeles cuando me marché a la cama».

Apagó el cigarrillo y centró su atención en ella. No encontró ningún signo de inquietud en su expresión. «¿Cómo describiría su relación con el señor Torrance en los últimos tiempos?».

La viuda dio una calada a su cigarro. El humo se deslizó por sus labios carnosos y su voz teñida de pesar inundó el salón. «Complicada, por decirlo de alguna manera. Siempre estaba sumergido en sus negocios, sus protegidos…, y yo me sentía prisionera en esta jaula dorada. Él fue el culpable de que buscara algunas distracciones

Siguió con las preguntas, examinando cada gesto o matiz en las respuestas de ella. «¿Sabe de alguien que pudiera haber tenido motivos para dañar a su esposo? ¿Alguien con desavenencias o problemas financieros, tal vez?».

Frunció el ceño, como si estuviera considerando cuidadosamente las palabras: «Bueno, Philip siempre ha tenido roces con su padre. Sobre todo, por el control de la empresa y otras cuestiones de dinero. Anoche discutieron. Estaba muy enojado por el control que ejercía Arthur sobre su dinero. Estaba furioso…, porque… Porque no podíamos seguir viéndonos como antes.» La viuda bajó la mirada, ocultando sus ojos bajo las pestañas. Un silencio tenso inundó el salón. Notaba cada uno de los matices que ella había utilizado en sus palabras. Antes de que pudiera lanzar otra pregunta, la señora Torrance se levantó. Una terrible (y oportuna) jaqueca la impedía continuar con la conversación, pero le prometió que, si recordaba algo más le llamaría.

Agneta Quill

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