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Reflejos a medianoche.

Capítulo III.

La bruma nocturna del Village, el resplandor de las farolas amarillentas y la silueta de un Chevy[1] Freetline, le saludaron cuando emergió de Julius`. Las tenues luces del bar se disipaban tras él, mientras que las conversaciones y la melodía del jazz seguían resonando en su cabeza. No había encontrado a Malcom, pero su compañero, Lucius, había sido muy explícito: le confesó sin ningún tipo pudor que conocía a Arthur, que Malcom trabajaba allí y que ambos eran algo así como amigos. Además, con gran socarronería, le habló de la gran obra de mecenazgo que realizaba el señor Torrance con los artistas de sensibilidad especial que rondaban aquel garito.

Miró el reloj, eran las siete de la noche. Debía darse prisa si quería pillar a Philip en casa. Seguro que aquel petimetre formaba parte de los hambrientos y acaudalados parásitos que abarrotaban Le Pavillon a la hora de cenar. Encendió un cigarrillo y se dirigió con movimientos decididos hacia su destino.

Las paredes del imponente edificio de apartamentos estaban revestidas con un tapiz de papel oscuro y elegante. El suelo de mármol pulido reflejaba la luz tenue de las lámparas colgantes, creando un juego de sombras y destellos dorados a cada paso que daba.

El ascensor subió con suavidad, y cuando las puertas se abrieron en el ático, una explosión de aire fresco y vibrante le recibió. La inmensa terraza se extendía ante él, rodeada por barandas de hierro forjado. La vista panorámica de la ciudad se desplegaba en toda su grandeza, con las luces titilantes de los rascacielos rozando el cielo.

Philip Torrance, un playboy, le esperaba junto a la barandilla con una copa en la mano y una sonrisa socarrona en los labios.

—Buenas tardes, señor Torrance. —Le sorprendió la incredulidad dibujada en el rostro de su anfitrión. —Siento molestarlo, pero necesito hacerle algunas preguntas sobre la noche en que su padre fue asesinado.

—Sí, claro. —Suspiró. —Papá…

—Su madrastra me informó de que aquella tarde tuvieron una discusión…

—Sí. Él y yo teníamos nuestras diferencias. Nunca hemos compartido la misma visión sobre los negocios y la vida.

—Entiendo, ¿podría contarme por qué discutieron?

—No veo la razón. —Aquel petimetre frunció el ceño. —Pero no tengo nada que ocultar. Fue por dinero, como siempre. Pensaba que malgastaba mi vida y su fortuna simplemente en fiestas. ¡Ja! Nunca he necesitado su dinero para vivir bien.

—¿Cómo era el matrimonio de su padre?

—¿Matrimonio? Papá nunca ha sabido el significado de esa palabra…

—Comprendo. —asintió. —Por otro lado, la señora Torrance mencionó algo curioso cuando hablé con ella. —Tragó saliva. —Insinuó que ustedes dos tenían una relación más allá de la familiar.

—¡Maldita Lorna!

Y tras dar un puñetazo en la baranda de la terraza, el amante de la viuda Torrance le invitó entre maldiciones a que abandonara su departamento.

Veinticuatro horas después del asesinato estaba sentado en su despacho, repasando todas las pruebas y a pesar de todos aquellos indicios, sentía que algo no cuadraba. Además, no sabía si debía continuar o no con aquella investigación. No iba a ver ni un dólar, seguro. Pero por otro lado si lo resolvía aquello le daría publicidad. ¡Maldición, la necesitaba! Cogió el zippo, y acercándolo al cigarrillo que sostenía en la boca lo encendió. Las volutas de humo rápidamente inundaron la estancia. ¡Ojalá le transportaran a lugares y compañías mejores que su propia soledad!

La puerta se abrió y Coraline entró como una ráfaga de energía en medio de la monotonía de aquella mañana. La figura femenina atrapó su mirada mientras avanzaba hacia él. Aquella mujer poseía una belleza singular y cautivadora, y el sutil perfume que emanaba de ella siempre conseguía hechizarlo.

Hizo un esfuerzo hercúleo y consiguió leer el documento que la grácil mano de mujer había dejado sobre la mesa.

—¡Diablos! El informe de balística. Gracias muñeca, eres la mejor.

Agneta Quill


[1] Término cariñoso utilizado desde los años cuarenta para designar la marca de coches Chevrolet.

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