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El cardo entre las rosas. Capítulo III

La rica tela del cortinaje bermellón lo acariciaba como si de un abrazo cálido se tratase. Con las yemas de sus huesudos dedos rozó el tacto de aquel terciopelo y un escalofrío de placer recorrió cada una de sus fibras nerviosas. Durante un breve lapso de tiempo se abstrajo de toda la riqueza y opulencia que le rodeaba en el pasillo de la mansión y sólo fue consciente de las sensaciones que cabalgan por sus venas. Adoraba palpar a hurtadillas los diferentes tejidos, notar sus desiguales texturas y paladear las sensaciones que le provocaban cada uno de ellos, y aquel terciopelo de damasco era de lo mejor que había tocado en su vida.

Haciendo un esfuerzo por abandonar aquellas emociones; regresó a la realidad de su escondite tras las cortinas de una de las ventanas del pasillo. Las voces y los gritos de la discusión que se estaba produciendo en el despacho le llegaban fragmentadas. Aguzó el oído, hablaban de unas cartas, y de una mujer como la causa del asesinato del bebé.

—¿Otra mujer? La paciencia se me agotó. —Tras lo que el duque bajo el tono de voz, que quedó opacado por el llanto histérico de su mujer; y después de unos minutos de gritos y lágrimas, James continúo escuchando. —Debí desconfiar de la premura que tenía tu padre en entregarme la dote… —Aquello era lo primero coherente que llegaba a sus oídos. Se removió en su escondite, necesitaba captar algo más de información—. ¡Estás loca! Cómo toda tu maldita familia. —Aquella puerta cerrada sólo le permitía percibir algunas frases inconexas—. Estoy cansado de todos tus disparates. ¡Nunca debí casarme contigo! —El grito de lord Gascoyne le sobresaltó—. Yo sólo tenía un hijo, que era el tuyo también. Mi heredero, no lo olvides mujer, y tus desvaríos han acabado con su vida.

Cerró los ojos y se concentró; todos sus sentidos desaparecieron, para permitir que sus orejas pudieran captar cada uno de los matices de la conversación que se estaba desarrollando en el despacho. La voz severa de lord Gascoyne seguía increpando a su esposa entre gritos e insultos, mientras que ella, entre lágrimas aseveraba que la muerte de su hijo era un castigo divino por la vida disoluta que su esposo llevaba; saltando de cama en cama.

No estaba preparado, cuando la puerta se abrió sin previo aviso; vio como la duquesa salía primero, dejando tras de sí el sonido del revuelo de las faldas mezclado con el llanto incontrolable que la asolaba el rostro. Radcliff aguardó en silencio, parapetado en su escondite, hasta que instantes después, observó cómo el duque cruzaba la puerta de la estancia, dirigiéndose en dirección contraria a la que había tomado su esposa.

Miró tres veces seguidas hacia la izquierda, y luego otras tres hacia la derecha; no divisó a nadie y con paso seguro se dirigió al arco de entrada del despacho. Con todo el sigilo que pudo, atravesó tres veces la puerta y tras ello se encaminó hacia la mesa principal de la sala, dónde propino los tres golpes pertinentes para acto seguido obrar de la misma forma en la mesita de las bebidas; todo ello con la mayor ligereza que le fue posible.

Una vez cumplido su ceremonial, se dispuso a inspeccionar cada rincón de la estancia; revisó desde las librerías repletas de volúmenes que abarcaban compendios de agricultura y clásicos como la Ilíada, hasta los cajones de la gran mesa de caoba que presidía, junto a un lujoso sillón de cuero; pero de toda la habitación, solamente le llamaron la atención, lo que parecían ser los fragmentos de unas cartas rotas en un momento de furia.

Vaciló, y durante unos instantes en los que masticó los restos de la uña de su meñique izquierdo, dudó seriamente en tomar aquella correspondencia ajena y leer su contenido.

Ganó su curiosidad y tomando los pedazos de papel, los unió y leyó las palabras que contenían. Allí reflejada con letra femenina estaba la confirmación de una relación extramatrimonial del duque con una sirvienta en la mansión de las tierras escocesas, la cual le había proporcionado, dos años antes, un bastardo al duque. De todo lo que observó, lo que realmente golpeó su corazón, fue la tristeza y el dolor que se entreveían en las desgarradoras palabras de aquella mujer; amaba al duque pese a que éste odiaba a su bebé.

Continuará…

Agneta Quill

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