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El cardo entre las rosas. Capítulo IV

Dos horas después de haber encontrado las devastadoras misivas y tras hablar con los duques y lady Birdwhistle decidió salir a los jardines; el paseo y un poco de aire fresco le ayudarían a despejar su enmarañada mente.

A lo largo del camino, pudo apreciar la belleza de la irregularidad de aquella naturaleza a la que se le había dado la libertad de crecer fuera de los cánones establecidos por una rígida sociedad que vivía condicionada por viejos estándares de perfección. Había sufrido aquella hipocresía una y mil veces, desde su niñez, con los abusos de un padre que siempre odió su forma de ser, hasta su madurez en Londres, dónde en el laboratorio del doctor Bond sólo se le había juzgado por las apariencias nunca por la verdad; verdad que sus compañeros habían dejado de lado a pesar de su juramento de serle fiel.

Tan aborto se encontraba en sus cavilaciones, que no se dio cuenta de la nerviosa mujer que acababa de chocar con él, hasta que su sedosa voz le preguntó cómo se encontraba.

—Bien —contestó titubeantemente prendado de los ojos de gata de la chica que estaba sentada junto a él en uno de los caminos del jardín.

Alargó el brazo para tomar del suelo y devolver a su dueña el pañuelo que instantes antes de su encontronazo ella llevaba en la cabeza. El tacto del suave lino atrapó todos sus sentidos. Deslizó la tela entre las yemas de los dedos…, los tenues cuadros, de distintos colores, dibujados en el tejido cambiaban de color dependiendo de la incidencia de la luz en ellos. El roce delicado de aquel pedazo de paño le trasladó a otro tiempo, a otro lugar. El pañuelo de tartán se había convertido en otro multicolor y su dueña era otra mujer.

—Lo siento milord —se excusó la chica, interrumpiendo sus pensamientos —Tendrá que disculparme, pero si se encuentra bien, debo continuar mi camino. ¿Podría devolvérmelo? —Su voz era como un bálsamo en sus lastimados oídos. —La señora Woods me ha enviado a buscar unas flores para decorar la habitación de lady Wellesley —Observó cómo se incorporaba sin necesidad de su ayuda, dispuesta a marcharse, después de arrebatarle el pañuelo de sus repugnantes manos. El balanceo de los regios pechos de nodriza hipnotizó su mirada; provocándole inmediatamente que sintiera como ciertas partes de su anatomía eran presas de un calor intenso.

 —Espere, no recuerdo su nombre —inquirió mientras se incorporaba, intentando controlar el terremoto de sensaciones que lo sacudían en aquel momento. —Me gustaría saber cómo se llama. —Ocultó a la vista de la muchacha sus uñas mordidas y la clara respuesta de su cuerpo a las sinuosas curvas de ella.

—Grace Duncan, milord.

—Grace… — susurró para sí mismo. —Grace… —No observó sorpresa ni enojo en el bello rostro femenino—Grace… — Instintivamente buscó el tacto del ajado pañuelo que guardaba en uno de los bolsillos de su casaca, a la par, que su mirada se prendía en el rojo cabello de aquella chica. —Eres pelirroja.

—Sí milord. Discúlpeme, pero debo irme —Percibió una nota de temor en las palabras de la mujer.

—Espere —Le tomó la mano, en un intento de retenerla; necesitaba alargar aquel momento. —Me gustaría hablar con usted

—Ahora no puedo milord. La señora Woods se enfadará si no regreso pronto con las flores —Sólo pudo sentir como aquella delicada mano se desligó de la suya propia mientras contemplaba inmóvil a la muchacha alejarse por la senda del jardín.

El sonido del viento meciendo las ramas de un tilo le devolvió a la realidad; durante los minutos posteriores a la partida de Grace, había permanecido sumido en el vacío de su mente, intentando abstraerse de todo lo que sucedía a su alrededor. El encuentro con aquella sirvienta había avivado sensaciones que creía olvidadas, pero más allá de todo eso, había algo en ella que lo perturbaba. Aquella mujer, su voz, su contacto, su pelo…, le habían reconfortado en lo más recóndito de su ser, pero en lo más profundo de él, sabía que había algo en ella que lo alteraba. Su mente no era capaz de encontrarlo, y aquello lo desconcertaba profundamente. << ¿Qué se me escapa? ¿Qué oculta tu roja melena? >> Dando vueltas a esa cuestión decidió continuar con su agradable paseo por aquel majestuoso jardín, tenía demasiados asuntos en los que pensar y el aire veraniego le ayudaría a ordenar sus ideas, además de los restos de las uñas que todavía no había devorado.

<< ¡El cabello! >>, la imagen de la pelirroja cabellera de Grace se volvió a dibujar ante sus ojos; << ¡repámpanos! ¿Cómo he estado tan ciego? >>, se recriminó, mientras encaminaba sus pasos hacia la mansión. Necesitaba volver a interrogar a la señora Woods y por supuesto a lady Birdwhistle; aquella mujer le había sembrado muchas dudas cuando había hablado con ella.

Recordó dicha conversación; la que, tras recomponer y leer las cartas, había tenido con los duques en la salita del té; momentos antes de salir al jardín. Les había abordado desde el principio con preguntas sobre su relación matrimonial y las infidelidades del lord, que a esas alturas él ya había dado por confirmadas.

Lo que le había sorprendido era que lady Gascoyne culpara a su dama de compañía de ser la amante de su esposo; y más allá de aquella descabezada insidia, lo que realmente le había pillado por sorpresa, fue que ante su afirmación de que el asesino del heredero del ducado de Wellesley era una mujer, la duquesa no sólo se había reafirmado en sus palabras, sino que había acusado también a la dama de compañía de la muerte de su hijo.

<< ¡La aristocracia! >>, pensó Radcliff mientras que en su rostro se dibujaba una media sonrisa.

Su mente regresó de nuevo a aquella extraña reunión, al momento en el que lady Birdwhistle había hecho su aparición; ¡los agravios que aquella sirvienta había vertido sobre lady Gascoyne, cuando se vio amenazada por la acusación de la duquesa!

<< ¡Mujeres! >>, reflexionó antes de evocar como se había puesto en entredicho la salud mental de lady Petunia en aquella salita de té tanto por parte del duque como por la de su dama de compañía. << ¡Maldición! >> Hasta su marido la había señalado como la asesina de su propio hijo ante los gritos desesperados de la duquesa que se había desmayado delante de todos. << ¿Qué clase de caballero es este duque? >>, se preguntó al recordar que incluso después de ver a su esposa totalmente inconsciente, aquel flemático lord inglés le había ordenado que la detuviera. << ¿Por qué la culpa del asesinato? >>, la pregunta le perseguía desde que había salido de aquella habitación, dejándola sumida en el desconcierto y el más absoluto de los caos.

Cómo si con sus pensamientos lo hubiera invocado, ante él surgió la impresionante figura del duque de Wellesley.

—Milord, que bien que le encuentro. Me dirigía hacia la mansión para compartir con usted mis avances en la investigación —dijo interceptándole. —Creo saber quién es la asesina —Y evitando que el noble fuera consciente de ello, alargó disimuladamente su mano y rozó con las yemas de los dedos la áspera lana de la chaqueta del caballero. Su textura era cálida y se veía resistente frente al paso del tiempo.

—¿La duquesa? Seguro, ya le dije que esta desequilibrada. Nunca debería haberme casado con ella. Me engañaron vilmente; sus padres, los vizcondes de Grendwille me lo ocultaron. Querían un ducado…

Sus sentidos seguían perdidos en las sensaciones que la dura sarga negra, con la que vestía el lord inglés, le habían transmitido hacía apenas unos segundos. Nunca había tocado un tweed de tanta calidad; su prestancia le había sorprendido; pero la impresión que sus dedos habían tenido de aquella tela, se alejaba bastante de lo que a simple vista aparentaba.

—No, milord. No fue la duquesa.

—Entonces, ¿quién fue? —la pregunta del duque, no consiguió que dejara de lado las valoraciones sobre el paño de la chaqueta. 

Era un digno material para un aún más digno representante de la cámara de los lores. Sin embargo, a pesar de su suave tacto, del brillo que desprendía bajo los cálidos rayos de sol, no había sido un contacto agradable, sino todo lo contrario. No sabía identificar como habían fabricado el tejido para aquella chaqueta, pero le provocaba escalofríos en la base de la nuca, como los que siempre había sentido cuando, a escondidas, por miedo a las represalias, había acariciado la casaca de su padre.

—La única dama pelirroja que habita en la mansión. Considero que deberíamos interrogarla en este mismo momento —Un grito femenino de pánico le interrumpió.

No muy lejos de ellos, vio a Grace Duncan paralizada con un majestuoso ramo de violetas a sus pies. << Seguro que nos ha escuchado >>, pensó, segundos antes de ver cómo ella se recogía las enaguas y emprendía una desaforada fuga a través de aquel maravilloso jardín.

—¡Tú! ¡Maldición! —le escupió lord Gascoyne, mientras él lo observaba atónito —¡Escoria! ¡Debí acabar contigo cuando tuve la oportunidad!  

Sin mediar con él palabra alguna, el caballero se precipitó como alma que llevara el diablo detrás de la ayudante de cocina. Allí había algo que no encajaba; seguro. << ¿Qué motivos tiene esta chica para asesinar con sus propias manos a un bebé indefenso? Aquí hay algo más. >> Su mente daba vueltas y más vueltas; ¿por qué había reaccionado así el duque? ¿Existía alguna otra relación entre él y Grace, aparte de la de amo y sirvienta? ¿Qué ocultaba aquel asesinato? ¿Qué pieza le faltaba para resolver aquel puzle?; no lograba encontrar respuestas a sus preguntas, mientras se dirigía hacia la mansión, dispuesto a hallar las que su cerebro no conseguía dilucidar por sí solo. No acababa de entender los motivos de aquel asesinato. Lo que si tenía claro era que a aquel puzle le faltaban piezas; además, las reacciones del duque ante la presencia de Grace Duncan avivaban sus sospechas de que todo aquel asunto encerraba algo más profundo de lo que se percibía a simple vista: el dolor de un padre por la muerte de su hijo.

Continuará…

Agneta Quill.

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