
Deseos circulares
La puerta nunca tuvo letrero, ni horario. Aquel lugar solo existía cuando alguien lo necesitaba. Sus rincones olían a cuero antiguo y a humedad de sueños no vividos. Siempre estuvo allí desde que tenía memoria… o desde que el olvido lo atrapó. No sabe su nombre, pero sí el de otros: mujeres que amó por encargo; hombres, cuyas vidas habitó unas horas. Suelas que lo llevaron lejos sin permitirle moverse jamás de aquel lugar.
«Soy el probador de zapatos», dice, cuando alguien entra. «Soy el que ha caminado por todo el mundo. El que, cuando duerme, sigue andando.»
No preguntaba nombre ni motivo. Extendía la mano, tomaba los zapatos y en un gesto silencioso, él se calzaba. Tacones, botas, alpargatas, mocasines… cada par encerraba una vida que no le pertenecía, una historia que lo atravesaba. Cuando sus pies tocaban las suelas, los recuerdos estallaban en ellas. Sus latidos cambiaban de ritmo, y el deseo —ajeno y nítido— le recorría el cuerpo como un temblor heredado. Amaba con gestos que no eran suyos, tocaba con manos que habían aprendido en otra carne, gemía con voces que desconocía y pronunciaba nombres que se evaporaban apenas escapaban de su boca.
Durante un rato, era otro. O una mezcla de todos. Y al quitárselos… todo se disolvía. Todo menos el cansancio. Como si la suma de todas esas vidas pesara sobre él más que la suya propia, aunque desconociera si alguna vez tuvo una.
Aquella noche llovía y las gotas golpeaban los cristales con insistencia, como si intentaran entrar. El aire dentro seguía seco, espeso, tal vez cargado de anticipación.
Entró sin prisa, sin abrigo, descalza. En sus pies no había barro, ni rozaduras, ni piel abierta por la costumbre del asfalto. Eran etéreos, inmaculados… como si su dueña acabara de ser inventada.
Él se incorporó despacio, en silencio, y la observó avanzar entre las estanterías. No parecía buscar nada, pero tampoco parecía perdida. Caminaba con la seguridad de quien ha regresado a un sitio que alguna vez fue suyo.
Sus ojos se encontraron. Él le sostuvo la mirada, confundido por encontrar, en aquellos pozos de aguas profundas, un rastro de sí mismo que creía haber perdido.
—¿No tienes zapatos? —preguntó por fin, intentando fingir sorpresa por cortesía.
Ella clavó los talones en la madera del suelo, erguida, serena, y le respondió sin apartar la vista:
—Nunca los he necesitado.
—No puedo ayudarte si no tienes pasado.
Lo miró sin parpadear.
—No necesito que me ayudes. Nunca he tenido pasado. —Dio un paso hacia él. —Pero puedes inventarme… si lo haces con las manos. —Sus palabras no eran una invitación, eran una decisión.
Sin pensarlo, se arrodilló frente a ella. No por sumisión, sino por necesidad. Tomó su pie derecho y lo sostuvo, como si en esa fragilidad viviera la respuesta que llevaba siglos esperando. Lo acarició, midiendo la temperatura de cada pliegue de piel. Se inclinó y lo besó. Lo lamió con lentitud medida, dejando que su lengua recorriera cada recoveco.
La vio cerrar los ojos. No por pudor… por entrega. Y en ese gesto, comprendió que no revivía una historia ajena. Esa historia que comenzaba, era la suya.
Continuó subiendo por sus esculturales piernas. Cada centímetro que transitaba era un temblor que le atravesaba. Cada gemido que escapaba de los labios femeninos era una grieta, una fractura íntima que lo invitaba a seguir. Las manos ascendieron por sus muslos, despacio, lento, hasta detenerse en el borde. Olía a deseo. La inhaló antes de tocarla. Respiró su olor sabiendo, sin duda, que aquello era el principio de todo.
Se abrió para él sin moverse. No hubo tensión, no necesitó permiso.
Bajó la cabeza. Primero suave, sin apenas rozarla luego con mayor intención. No había técnica, ni protocolo. Solo hambre. Ella se arqueaba, se retorcía, clavándole las uñas, ahogándose con él.
No se detuvo. Porque él no la besaba. La devoraba.
Como si al hacerlo pudiera dejar su nombre en ella, o recuperar el propio. Como si el contacto, húmedo y febril, imprimiera un relato entre los pliegues de su sexo. Y quizás eso es lo que intentaba: fabricar un pasado que los uniera, aunque fuera inventado. Aunque solo existiera mientras durase aquel instante.
La penetró sin preguntar. No hizo falta. No hubo duda ni permiso: su cuerpo encajó en el de ella como si llevaran siglos esperándose. Se movió lento. Rápido. Otra vez lento.
Le mordió el cuello, la clavícula, los labios. Y entonces sus cuerpos encajaron. Sin esfuerzo. Sin palabras. Y en medio del vaivén, del sudor, del roce que los desdibujaba, él lo entendió: Ella no había acudido a él para que la ayudara. Había llegado para ayudarlo a él.
—¿Quién eres? —jadeó, perdido entre sus costillas.
—La que camina sin dejar huella —susurró, aún con él dentro—. La que, cuando ama, detiene el tiempo.
Y en ese momento, el mundo se paró.
No hubo más tienda. Ni más lluvia. Ni más olvido.
Solo dos cuerpos enlazados.
Desnudos. Vibrantes. Y por primera vez… Quietos.
Cuando despertó, ella ya no estaba. Tenía los pies húmedos, aunque no había rastro de lluvia en el suelo. Sobre el mostrador encontró un par de zapatos. No tenían cordones, ni talla, ni historia… Eran suyos. Y por primera vez caminó hasta la puerta. No para escapar. No esta vez.
La abrió. Ahí estaba. Sentada entre estanterías polvorientas… Ella.
Lo miró sin sorpresa.
—¿Vienes a que me pruebe tus zapatos? —preguntó.
Él dio un paso. Descalzo.
Agneta Quill




