
Mesías 2.0
Despertó bajo un puente, rodeado de cartones y abrazado a una mujer que parecía necesitar una confesión. Desorientado, miró a su alrededor: carteles luminosos, rugir de bestias metálicas, humanos que pasaban junto a él, absortos en pequeñas cajas brillantes. «¿Dónde me has enviado, padre?» Se preguntó.
El cuerpo femenino se movió ligeramente entre sus brazos, dejando escapar un susurro que a él le pareció una súplica. Conmovido, la apartó suavemente, observando su rostro surcado por el cansancio y una tristeza que parecía infinita.
—Magdalena, no temas. Soy tu salvador. Tus pecados serán redimidos si te arrepientes. La prostituta abrió los ojos de golpe y se incorporó como un resorte.
—¡¿Qué mierda estás diciendo, tarado?! —gritó, empujándolo con fuerza.—. ¡Auxilio! ¡Este cerdo quiere hacerme algo! —Sorprendido, retrocedió desconcertado.
—¡No, no! Hija, no es lo que parece… —intentó explicarle, pero sus palabras fueron ahogadas por el sonido de unos pasos apresurados.
De entre las sombras emergieron varias mujeres con rostros endurecidos y listas para la acción. Una de ellas, alta y de cabello rizado, sacó un spray de pimienta de su bolso y lo agitó frente a él.
—¡A ver, gilipollas, lárgate antes de que te reviente la cara! —le amenazó
Otra más baja, pero con la agilidad de un gato callejero, le aplicó una llave de defensa personal que lo derribó al suelo con un golpe seco.
—¡Toca a una de nosotras otra vez, y te juro que te dejo sin huevos!
El hombre, entre toses y un leve escozor en los ojos, intentó incorporarse mientras levantaba las manos en señal de paz.
—Hermanas, por favor, no os voy a hacer daño…
—¿Hermanas? ¡Vete a la mierda, colgado! Si te volvemos a ver por aquí, ¡te mataremos, cabrón!
Y mientras el desgraciado se levantaba torpemente, lo único que podía pensar era en como aquella bella señorita podía tener ese vozarrón. Se ajustó la túnica, cubierta de polvo y algo arrugada, y se alejó con el corazón apesadumbrado.
—Padre, ¿es este el camino que debo tomar? Porque las ovejas parecen haber olvidado al pastor. —murmuró entre los insultos y los gritos que le lanzaban las mujeres desde el puente.
Deambuló perdido por la ciudad durante horas. Sus pies, acostumbrados a los senderos polvorientos de Judea, ahora pisaban un asfalto duro y caliente que parecía rechazar cada paso. Las multitudes lo rodeaban, pero no lo veían. En su época, las calles eran lugares de encuentro donde la gente discutía, reía o intercambiaba historias. Ahora, el bullicio de voces había sido sustituido por un silencio inquietante, roto solo por el constante teclear de dedos sobre pantallas.
El día dio paso a la noche, y ajustándose el manto buscó un lugar para dormir y, a lo lejos, unos árboles le parecieron el destino perfecto. Cuando llegó, caminó entre arbustos y bancos deseoso de encontrar un rincón tranquilo donde poder reflexionar, pero la algarabía de risas y música lo guio hasta un grupo de jóvenes reunidos en círculo.
—Hermanos, ¿podríais darme un poco de agua? —preguntó con voz serena, acercándose a ellos.
Lo miraron, primero con incredulidad y luego con diversión. Uno de ellos, con una gorra al revés y una sonrisa burlona, le pasó una botella de cristal.
—Claro, tío, aquí tienes agua bendita.
Las risas estallaron, mientras que tomaba la botella con gratitud. Cerró los ojos y susurró una oración. Al abrirlos, el líquido transparente había tomado un color rojo profundo.
—Ahora es vino. Un regalo del cielo. —Sonrió, extendiéndosela.
Todos se quedaron en silencio por un instante, pero pronto la tensión estalló.
—¡¿Qué coño has hecho?! —gritó uno, levantándose de golpe—. ¡Eso era nuestra ginebra, tío!
—¡Y ahora qué hacemos con los refrescos! —se quejó otro. —¡Nos acabas de joder los cubatas!
—Pero hijos, ahora tenéis vino. Una bebida noble que… —les dijo desconcertado.
—¿Vino? —le interrumpió uno de los jóvenes, alzando una botella con líquido marrón—. ¡Vamos, no me jodas! Esta tarde, calimocho. Será cabrón… la pasta que nos ha hecho perder.
—¡Paganos la diferencia, tío! ¿Sabes cuánto cuesta una botella de ginebra decente? —le escupió otro señalándole con el dedo.
—Hermanos, no tengo dinero. Mi misión no es material, sino espiritual… — les dijo, levantando las manos, intentando apaciguar los ánimos.
—¿Espiritual?, mis cojones —murmuró uno de ellos, mientras los demás comenzaban a rodearlo—. O nos das la pasta, o te la sacamos a golpes, tú decides.
Dio un paso atrás, sintiendo el peso de la incomprensión una vez más y, remangándose la túnica, huyó de allí mientras gritaba al cielo: «Padre, tus hijos están perdidos… y yo también.»
Cuando ya no los divisó, se detuvo para descansar. A lo lejos, una multitud captó su curiosidad. Las personas parecían encantadas mientras apuntaban a un hombre con sus cajas mágicas. Fue entonces cuando vio a un grupo más pequeño, apartado, sentado en la hierba. Debían de ser unos doces, y cada uno tenía también uno de aquellos artilugios en la mano. Se acercó a ellos, decidido a hablarles.
—Hermanos, he venido a buscar a los que llevarán mi palabra. —Su voz resonó, pero solo uno de ellos levantó la mirada.
—¿Qué palabra? —le preguntó un joven con cristales en los ojos y aspecto desaliñado—. ¿Eres coach de algo?
—Soy el Mesías —respondió con calma mientras que el grupo estallaba en carcajadas.
—¿Un influencer religioso? —dijo otro apuntándole con la cajita negra—. Bro, eso no vende. Necesitas polémica.
—Dejad vuestros artilugios. Seguidme, y os haré pescadores de hombres. —les dijo extendiendo las manos.
El grupo se quedó en silencio por un momento. Finalmente, uno de ellos, un tipo robusto con un tatuaje de un ancla, dijo:
—Pescadores, dices… ¿Es un nuevo reality? —preguntó un tipo robusto.
—Si vamos contigo… ¿nos vas a seguir en Insta? —inquirió otro con seriedad—. Porque yo solo sigo a los que me siguen de vuelta.
—Hijo, yo os seguiré siempre, incluso cuando os perdáis. —le contestó con suavidad —Venid y juntos aprenderemos qué es la verdadera fe.
@DaddyP organizó un canal de YouTube llamado Caminos sobre el agua, y @CryptoMate abrió una plataforma para donaciones en criptomonedas. Al principio, parecían interesados en su mensaje, pero pronto los doce solo atendieron a sus propias exigencias comerciales: @BigJames participó en un reality de supervivencia, @DaddyP grabó un video promocional con un aro de luz, mientras @CryptoMate hizo los cálculos de cuántas suscripciones necesitarían para financiar un «Milagro Tour».
Una noche, agotado por las demandas de sus nuevos discípulos, se sentó en la azotea de su oficina llena de antenas de comunicación. Mirando las luces de la ciudad parpadear como estrellas artificiales, suspiró: « Padre, dime, ¿acaso llegué tarde? Tu rebaño no busca redención, busca audiencia. No quiere aprender a amar, solo quiere likes. No quiere salvarse, solo ser tendencia. Tal vez no soy el Mesías que necesitan. Tal vez el mundo ya no necesita uno.»
Todavía absorto no se percató de que ya no estaba solo frente a la inmensidad.
—J., hermano, tenemos buenas noticias: hemos cerrado un trato con una agencia de marketing divina.
—Solo falta tu firma —agregó @TraicionTok, con una sonrisa.
Miró el contrato. En letras pequeñas, escondidas entre cláusulas sobre branding y monetización, estaba la verdadera traición: “El firmante cede todos los derechos de sus milagros, imagen y palabra al equipo de TraicionTok Productions por la eternidad.”
Suspiró. Estaba escrito.
Dio media vuelta, y sin una palabra, caminó hacia el borde de la azotea. Elevó un pie, lo situó en la cornisa y, mientras elevaba el otro, un rayo lo golpeó convirtiéndolo en cenizas. Sus discípulos boquiabiertos se quedaron inmóviles observando la mancha negra que se había creado en el suelo.
—¿Lo grabaste? —preguntó @DaddyP con un brillo en los ojos.
— ¡Sí, sí, cabrones, se hizo viral en tiempo real! —gritó @TraicionTok. —El video se llama: El día que el Mesías nos dejó. Like para la segunda venida.
En algún rincón del cielo, @J.pater sonrió con tristeza al ver que su partida se había convertido en trending topic: #ElMesíasChallenge




