
El Charolés
Nota de la autora
Este texto es una reescritura libre y porteña del inicio de Sed de champán, de Montero Glez. No es una copia, sino un homenaje, una traslación, una respuesta desde el otro lado del charco.
Donde Montero puso sangre y carmín andaluz, acá hay cemento fresco, tango torcido y gomina de almacén.
Al Charolito le cambiamos el barrio, el acento y hasta el nombre. Pero la noche que se lo traga…, esa es la misma.
El Charolés —nadie recordaba su nombre, ni siquiera él— confiaba únicamente en su pija, y eso dicho así suena vulgar. En realidad, era su forma de orientarse, una brújula que marcaba la dirección en medio del caos de luces vencidas, empedrados húmedos y veredas rotas. Nadie te advierte jamás de las traiciones, y él, que conocía la ciudad como se conoce una cama prestada, lo sabía.
Caminaba por Villa Devoto como si no fuera la primera vez, aunque sí lo era, o al menos eso pensaba mientras el sonido de sus zapatos se estrellaba contra las persianas bajas y las rejas bien cuidadas. Llevaba el culo apretado, sí, pero no de miedo sino de frío, o tal vez de una mezcla extraña de orgullo y alerta, como si el quilombo fuera a salirle al cruce en la próxima esquina. Y entonces su andar —ese andar de tango arrabalero con zapatos lustrados y alma sucia— iba danzando al ritmo de sus suelas, como si el barrio lo tocara de oído.
Porque Buenos Aires tiene eso, viste, te escucha caminar. Te juzga. Te reconoce, a pesar de que no sepa quién sos.
Sin embargo, él andaba buscando algo. O a alguien. Mejor dicho, la buscaba a ella. A la milonguera.
La que caminaba como si cada paso fuera un filo. La que lo miraba con esos ojos de humedad tramposa, de las que te juran con la boca y te matan con la lengua.
La que lo besaba como si el mundo se fuera a pique en ese beso. Un mes atrás le había prometido que lo dejaba todo, que se rajaba con él, que la esperara, que bancara la parada.
Aunque el Charolés no era de esperar. Nunca lo fue.Y ahí estaba, caminando sobre un tango malherido, siguiéndole el rastro en el barrio enlutao, con la pena colgando de los alambres.
Era, como dicen, hijo de la otra orilla, no del Riachuelo ni de ninguna metáfora de barrio; era de la orilla donde no hay orilla, donde te empujan antes de que aprendas a nadar. El pibe pasó de mano en mano, entre mujeres que sólo lo parieron y hombres que no quisieron criarlo. Le quedó la piel marcada, no por el sol sino por la falta de él. Caminaba por avenidas donde la ruda no espantaba al mal, lo anunciaba, y lo fino era trucho y lo trucho, peligroso.
Ella lo había llamado. Un mensaje corto, seco, de esos que no dan margen pa’ pensar:
«A la medianoche, en la glorieta. Solos.» Solos, la palabra le pegó en la garganta como un fernet sin soda. ¿Y si esta vez era posta? ¿Y si de verdad lo había mandado al carajo al gil ese y venía con la valijita en una mano y el corazón hecho trapo en la otra?
A esa hora —las doce y diez según el reloj que le quedaba grande— la luna se asomaba entre dos edificios nuevos que aún olían a cemento fresco. Más allá, ladraba un perro. El Charolés no sabía si le ladraba a él, al destino o a la mugre que lo rodeaba. Y siguió, como se sigue cuando la vuelta no lleva a ningún lado.
Entró en una glorieta que no tenía nombre, que olía a gomina de almacén y a transa vieja. Se detuvo, sólo un rato, lo justo para girar sobre sí mismo y mirar todo como si fuera la primera vez. Tenía el gesto duro y la silueta flaca, como santo mal armado. Pensó que ese lugar parecía un boliche cerrado en sábado, una joda sin invitados, y entonces torció a la izquierda, donde el asfalto se acababa y la yeca era peatonal y torcida.
Y ahí fue cuando lo entendió. No venía ella. Venía él, el dueño del boliche. Ese al que no se le toca ni el whisky ni la mina, salvo que tengas ganas de que te velen sin nombre.
No hubo gritos, ni corridas, ni tiros al aire. La Gran Fulera no arma barullo por un fiambre más. Ni miró pa’l costado. Ni pestañeó. Porque acá, cuando alguien sobra, la calle se lo traga.
Buenos Aires no se come a cualquiera. Pero del Charolés, ni se molestó en escupir los huesos.
Agneta Quill




