Un día en la feria

“Y aunque llovía y el tiovivo estaba tapado con la lona, en silencio y quieto, subió en un caballo de oro que tenía grandes alas. Y el tiovivo empezó a dar vueltas, vueltas, y la música se puso a dar gritos entre la gente, como él no vio nunca.” 

—Ana María Matute, El tiovivo.

La Paloma siempre era un espectáculo vibrante, una explosión de colores, sonidos que llenaban el aire con una energía contagiosa. Las calles se adornaban con guirnaldas de luces que parpadeaban como estrellas fugaces, iluminando las caras radiantes de los asistentes. Los chotis se mezclaban con el repique de las campanillas de los puestos ambulantes que, junto al alegre murmullo de la multitud creaban una melodía festiva.

El aroma a churros recién hechos, algodón de azúcar y castañas asadas se entrelazaban en una sinfonía olfativa que prometía delicias en cada rincón. Junto a la gran lona del tiovivo, pintada con caballos y carruajes de colores vivos, los niños esperaban ansiosos su turno. Alrededor, los vendedores gritaban sus ofertas, desde globos de helio en forma de animales hasta juguetes brillantes y coloridos. Familias paseaban de la mano, disfrutando de aquella atmósfera maravillosa mientras que los adolescentes se reunían alrededor de los coches de choque, deseosos de impresionar a sus compañeros con valentía y risas nerviosas. El bullicio de las tómbolas, los puestos de tiro al blanco y las casetas de juegos de azar llenaban cada rincón de la feria, atrayendo a personas de todas las edades que esperaban ganar un osito o en el mejor de los casos una cafetera. Los sonidos de las risas, los gritos de alegría y las exclamaciones de sorpresa resonaban en el aire, mezclándose con la música y creando un ambiente de pura felicidad y anticipación.

Cayetano, con los ojos brillando de emoción, apenas podía contener su entusiasmo. Había soñado con esta feria durante días, imaginando el sabor de los dorados churros que tanto deseaba. La promesa de sus padres de llevarlo a la Verbena de La Paloma se había cumplido, y ahora estaba allí, rodeado de miles de atracciones y con el corazón latiendo a mil por hora: en cada rincón se escondía una nueva aventura y cada puesto le ofrecía mil sorpresas por descubrir. Cuando la lona del tiovivo se levantó liberando los colores brillantes de los caballos, un grito desgarrador captó por un momento su interés. Apenas se giró. Su mirada infantil estaba clavada en el suculento premio: los dorados churros que frente a él olían tentadores. Sus padres le habían prometido llevarle a la feria para que pudiera tomarlos, y lo habían cumplido. Levantó la pequeña manita para alcanzar uno de ellos y dar el primer mordisco, pero no pudo y la frustración se adueñó de él.

Llamó la atención de su madre, como siempre hacía. Y en el momento que el pequeño tironeaba de la falda de muselina de la señora Fonseca, esta gritó. La cara de su madre estaba totalmente desencajada, pálida. Cayetano comenzó a moverse nervioso, la gente corría descontrolada hacia el tiovivo, gritando palabras que no entendía. Volvió a girarse hacia sus churros, seguían allí, esperándolo, pero una mano femenina tiró de él. Su mamá lo aferró con fuerza, tapándole los oídos mientras lo abrazaba con todo su cuerpo. Cayetano no acababa de comprender que estaba ocurriendo. Las personas que antes corrían hacia la atracción, ahora deshacían el camino que habían recorrido con anterioridad. Sus pequeños oídos solo podían entender algunas frases sueltas: una señora meliflua gritaba que unas asquerosas ratas se habían comido algo; una matrona, vestida de azul lloriqueaba por un pobre angelito; unos pilluelos correteaban por la feria vociferando que había un niño muerto; dos policías corrían apresuradamente entre la gente llamando a la calma a la muchedumbre que se había concentrado cerca del tiovivo. La verbena de la Paloma, que momentos antes había sido un paraíso de colores y sonidos, se había transformado en un escenario grotesco y desolador. Los gritos de terror se mezclaban con la música del organillo, creando una cacofonía que encogía los corazones de todos los presentes. El ambiente, antes festivo, se tornó sombrío; el viento, que antes acariciaba con dulzura, ahora le cortaba como cuchillas de hielo, las luces, antes resplandecientes, se volvieron espectral.

Los rostros que le rodeaban se transformaron en máscaras; marionetas rotas que se contorsionaban entre el pánico y la confusión. Las risas se habían transformado en gritos de pánico y la melodía festiva en lamentos disonantes. Cayetano comenzó a temblar al compás que lo hacía su madre. El llanto acudió a sus infantiles ojos, y el ferviente deseo que tenía de devorar aquellos dorados y sabrosos churros se esfumó. Allí, aferrado a la falda de su madre, sintió por primera vez el peso del mundo sobre sus pequeños hombros, y en ese instante, la magia de la feria se convirtió en un recuerdo agridulce de una inocencia perdida.

Agneta Quill

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